El Muñeco

de Pedro J. Romero


Ezequiel se detuvo bruscamente. Giró su cabeza y en la lejanía, entre los árboles sin colores, divisó unas luces. Los segundos pasaban acelerados mientras él seguía impávido, como ausente. En un instante dado, prosiguió su marcha en dirección aquellos puntitos luminosos. La noche era ensordecedora y repleta de sonidos confusos. A cada paso que andaba, Ezequiel notaba su respiración más elevada, más acelerada, más profunda. ¿Qué me está pasando? se preguntaba, sin obtener un solo pensamiento como respuesta. De repente:
—¡Hola, me llamo Pepo y soy tu muñeco!
—Uufff, qué susto — exclamó Ezequiel mientras levantaba su pie, y se dijo; “esto me pasa por pisar donde no debo”.
Se agachó y sus manos recogieron un bello y abandonado muñeco autómata de trapo. Levantó la mirada y las luces misteriosas habían desaparecido. Pasó un tiempo y Ezequiel se enteró que en la zona donde se topó con el muñeco había una cabaña en la que vivía un anciano al que muchos conocían como “loco”, “mago”, “ermitaño”, “brujo” y no sé cuantas cosas más. Le dijeron que ese viejo fabricaba muñecos y los dotaba de vida y si alguien los maltrataba, los muñecos fulminaban sus vidas. Creo que solo son chismes, habladurías, pensó Ezequiel. Ha pasado el tiempo y, Ezequiel, ya ha dejado, para siempre, de andar, de pisar muñecos…

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Viñetas (acerca de la inexpresión)

De Fernando Bronchal

Sobre la vía un viejo tren aguarda humeante. Los viajeros, todos ellos de caras blancas, inexpresivas, esperan y esperan sin remedio. Nadie lo sabe, pero ese tren nunca saldrá hacia ningún destino. El viejo jefe de estación, con gorra roja, de cara blanca, inexpresiva, ha perdido su bandera y se entretiene jugando a un parchís incoloro, inexpresivo. Arriba, sobre un viejo cable, pende patas abajo una golondrina chamuscada, como un murciélago inmóvil, hierática, inexpresiva. En la calle, un niño de cara blanca, inexpresiva, corre tras su vieja pelota  mientras su madre, de cara blanca, inexpresiva, ni siquiera observa a su hijo, que al final será arrollado por un viejo auto desvencijado cuyo conductor, de cara blanca, inexpresiva, apenas detendrá la marcha, siempre uniforme, monótona, y se perderá a lo lejos sobre el frío pavimente mojado.

Llueve y llueve, como siempre. Las gotas se disponen ordenadas, una tras otra, todas iguales, inexpresivas, golpeando el negro sombrero de un hombre viejo de gran   barriga, de cara blanca, inexpresiva, que camina en círculo sobre los adoquines fríos, iguales, inexpresivos, soportando un viento suave, monótono, inexpresivo, que arrastra el humo del viejo tren; un humo negro, absurdo, inexpresivo, impregnado de gotas iguales, inexpresivas, que poco a poco se difumina sobre un cielo cobalto, uniforme, inexpresivo.

Junto a la vía, un viejo árbol deshojado, carcomido, inexpresivo, muestra sus ramas desnudas, podridas, inexpresivas, custodiando el vetusto tren humeante que espera y espera cargado de viajeros de caras blancas, inexpresivas, mientras el triste jefe de estación, de cara blanca, inexpresiva, sigue jugando a ese parchís incoloro, inexpresivo, sin saber siquiera que ese tren jamás saldrá hacia ninguna parte, sin saber que su bandera roja la porta un hombre, que trepado sobre ese viejo árbol carcomido, inexpresivo, contempla compungido este paisaje gris, inexpresivo, tiritando, empapado por la lluvia de gotas iguales, inexpresivas, agitando su pequeña bandera arrebatada mientras una lágrima resbala por su mejilla cuarteada en este día gris, uniforme, inexpresivo.

 

Las cigueñas

De María José Balfagó

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Como todos los años por las mismas fechas, el campanario de la iglesia del pueblo se convierte en aposento de un grupo de cigüeñas.

Pablo, todas las tardes, cogido de la mano de su abuelo, pasea por la avenida que, desde la plaza mayor, emerge, recta hacia la iglesia de la Asunción; una avenida engalanada de azulejos en el suelo, que recuerdan la actividad industrial del pueblo. A cada lado de la parte central, una hilera de acacias de flores amarillas y, de vez en cuando, un banco invita a sentarse para que el paseo no se haga tan pesado. Abuelo y nieto van charlando, el anciano le cuenta viejas batallas que hacen feliz a Pablo que a su vez relata sus pequeñas cosas pero que le hacen sentir importante.

Al llegar frente a la iglesia, los dos observan con atención el nido de las cigüeñas y Pablo le cuenta al abuelo que mamá le ha dicho que el hermanito que pide, algún día lo traerá una cigüeña.

El hombre, con paciencia de abuelo, le explica que para traer un hermanito la mamá se pondrá malita, se irá al hospital y volverá  a casa con el hermanito. No muy convencido, Pablo se queda con la explicación de su abuelo pero es que…, la palabra de una madre…

Una tarde al volver del paseo, su mamá no está en casa y su papá le cuenta que se ha puesto malita y la han llevado al hospital. Pablo no cabe de contento. ¡El hermanito!¡El hermanito! Ya visualiza a su madre entrando con Javi en brazos, porque así ha pensado llamarle pues es el nombre de su mejor amigo.

Los días pasan y la mamá de Pablo no regresa a casa. Todos los días mira a las cigüeñas como preguntándoles si sabían algo de su hermanito. Un día el papá de pablo con voz muy triste le dice que mamá no va a volver, que se ha ido al cielo. Ese día durante el paseo mira el campanario y se da cuenta que las cigüeñas no están, a lo lejos, las ve volar hacia el cielo.

Desde entonces a pablo no le gustan las cigüeñas porque esta vez no han traído ningún niño, se han llevado a su mamá.

Doña Enriqueta

De Maifa Rieseberg

10900013_353403261509658_1911744338978312770_o Había buscado, estos últimos días, la posibilidad de asociar un rostro y un cuerpo a esta aparición fugaz de la ventana de enfrente y darle vida dentro de ella, pero el lunes las persianas están bajadas, incluso esta mañana el cartero se paró delante del número sesenta y seis, miró los postigos, meneó la cabeza, suspiró y siguió su camino, cabizbajo.

Su jornada de trabajo concluida, Doña Enriqueta vuelve a casa con el cuerpo dolorido y el alma volátil. Se imagina aventuras extraordinarias mientras sueña que él la invita a un café, le coge la mano, se pierde en sus ojos…soñando, termina por encontrarse de narices con su puerta. Hurga en el bolso y saca las llaves con dificultad, aún muy lejos de la realidad. Una mirada furtiva hacia atrás, las persianas siguen cerradas. Doña Enriqueta se sienta en su sillón preferido, intenta planificar lo que queda de tarde, pero sus pensamientos están prendidos de este desconocido intuido en la ventana de enfrente y que se ha convertido en un agujero negro que le sorbe la vida, que obsesiona su alma, que maltrata su corazón. El gato se instala sobre sus rodillas y ronronea como contrapunto de su obsesión. Se siente ridícula en medio de su salón, elucubrando romanticismos a su edad. Así es ella: se monta películas mucho antes de que sucedan las cosas y, al final, todo resulta una fantasía. Pasan las horas y ella vigila, pero las persianas siguen bajadas, sin una rendija de luz.

De madrugada, Doña Enriqueta se despierta mojada de lujuria, sofocada y algo agitada. El gato la mira con desaprobación. En la casa de enfrente ve la sombra de un cuerpo de vértigo-o eso se imagina- un cuerpo suave, cálido, con abrazos lascivos, besos líquidos recorriendo su cuello.

En el baño se recompone y, como todos los días, Doña Enriqueta sale de casa la mirada puesta en el número sesenta y seis, las persianas siguen bajadas, y el jardín es una selva. Sentada en el autobús, sueña con los calores de madrugada por un cuerpo soñado.

 

 

 

 

El puñal toledano

de Rosa Lluch Ayza

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Mágica huella que desciendes por mis caderas, predispuestas a la acción intensa. En lugar de dormir. me marchito entre celosías y sedas, tan solo tú, agua, eres mi conduelo.

–¿Cambiar, dices? Cuando lo hagan el mar y las colinas azules. Decidida estoy a entablar disputas con mi puñal toledano, esta noche entre mil y una, si la puerta decide una vez más seguir callada y tus besos vuelen por esta ventana hacia el ocaso y, una vez aquietados resuelvan emprender galope en otras hojas sin domesticar; seguiré tu caballo, hasta sucumbir en sueños.

Frente al espejo, una imagen la sedujo, empezó a frotar la empuñadura con una de las sedas de baldaquín, cientos de estratos de tiempo alzaron el vuelo, dejando el áspid luminoso y desnudo, se acercó curiosa el puñal y la luz de luna le devolvió el rostro adolescente de Al-Mansur acicalándose en el espejo del agua.

Con razón anda rehuyéndome, mi cautivo Abd al-Azid, la misma sangre corre por nuestras venas, pero ¡Al.lah  es grande!

–¡Zahraaaaaaaaa!

Dentro del caparazón des harén, sus lágrimas eran simétricas a las gotas de lluvia que comenzaban a caer.

Ñ

de Nina Peña

El cielo era de un color añil intenso cuando se asomó a la ventana para saludar a un nuevo día que creía lleno de esperanzas e ilusiones.

La añoranza de días como ese: los primeros días de verano, la noche de San Juan, el primer baño en el mar, tenían el regusto de los recuerdos más bellos y de todo aquello que amaba y que se iba perdiendo poco a poco, pero que aún volvían de vez en cuando, con el mismo sabor y la misma intensidad que en la niñez.

Desde la ventana contemplaba el campo, la hierba humedecida de un rocío fresco, los cantos de las aves que posadas en las ramas de los árboles saludaban al sol de un nuevo día, aliñando la mañana, condimentando el momento con coros imposibles y aleteos salvajes.

Saltó por la ventana.

No lo pensó dos veces. Necesitaba tener un poco de frescura, apagar la sed brutal que la consumía. Había estado soñando con botijos de barro y cántaros de brillantes colores, había escuchado el correr pausado del agua en las acequias que desde su cuarto no veía, y ansiaba caminar, debajo de las sombras de los árboles y salir desde ellas al sol, notar en su piel las distintas temperaturas.

Quería quitarse los zapatos y hundir sus pies en las charcas, en las zanjas repletas de agua con las que regaban los huertos que podía adivinar en la lejanía y que la transportaban a un lugar y a un momento añejo, remoto, a parajes olvidados de la infancia cuando los días eran largos, las mañanas frías y los sabores intensos.

Voló, adueñándose del aire cálido que corría por entre las nubes, contemplando el paisaje tan conocido desde una perspectiva tan alta que parecía no ser el mismo que el que había estado contemplando desde los aledaños de una tierra ávida de humedad y frescura.

Voló por encima del campo, por encima de las montañas, por encima de la ciudad que parecía diminuta. El viento mecía su pelo y su camisón largo, acariciaba su rosto y decía su nombre, repitiéndolo una y otra vez.

Era tan feliz.

Una enfermera la contempló desde la cama con los brazos levantados y una sonrisa en la cara. Su vocecita disminuida hacía extraños ruidos de pajarito y sus piecitos descalzos se movían aleteando debajo de las sábanas blancas.

– Ya está volando de nuevo. – le dijo a la otra compañera que, quieta en el dintel de la puerta, la observaba con una sonrisa complaciente.

– Déjala, su alma esta en un patio de recreo, ya vendremos más tarde a cambiarle el pañal.

Muerte y miedo añejo

de Francisco José Blasco:

La noche se está haciendo eterna, cada veinte minutos despierto sobresaltado, cada veinte minutos los pulmones reclaman un aire que les falta. Al llegar al inicio de la madrugada, las sensaciones de pavor y de desencuentro conmigo mismo se hacen más presentes y siguen agonizando en mi interior. A las diez de la mañana (que es cuando siento un leve pinchazo en la mano) soy preparado para mi pequeña muerte y pienso mientras llega, que quizás en el otro lado, todo sea distinto, y que esta vida que ahora dejo con simpleza añeja fue un verdadero sueño en el que no existían las mentiras, y en el que la realidad que llegué a vivir, fue realmente verdadera. Pero desperté, y con el diagnostico de que la gastroscopia había salido normal, finalizó la melancolía del poeta.