Viñetas (acerca de la inexpresión)

De Fernando Bronchal

Sobre la vía un viejo tren aguarda humeante. Los viajeros, todos ellos de caras blancas, inexpresivas, esperan y esperan sin remedio. Nadie lo sabe, pero ese tren nunca saldrá hacia ningún destino. El viejo jefe de estación, con gorra roja, de cara blanca, inexpresiva, ha perdido su bandera y se entretiene jugando a un parchís incoloro, inexpresivo. Arriba, sobre un viejo cable, pende patas abajo una golondrina chamuscada, como un murciélago inmóvil, hierática, inexpresiva. En la calle, un niño de cara blanca, inexpresiva, corre tras su vieja pelota  mientras su madre, de cara blanca, inexpresiva, ni siquiera observa a su hijo, que al final será arrollado por un viejo auto desvencijado cuyo conductor, de cara blanca, inexpresiva, apenas detendrá la marcha, siempre uniforme, monótona, y se perderá a lo lejos sobre el frío pavimente mojado.

Llueve y llueve, como siempre. Las gotas se disponen ordenadas, una tras otra, todas iguales, inexpresivas, golpeando el negro sombrero de un hombre viejo de gran   barriga, de cara blanca, inexpresiva, que camina en círculo sobre los adoquines fríos, iguales, inexpresivos, soportando un viento suave, monótono, inexpresivo, que arrastra el humo del viejo tren; un humo negro, absurdo, inexpresivo, impregnado de gotas iguales, inexpresivas, que poco a poco se difumina sobre un cielo cobalto, uniforme, inexpresivo.

Junto a la vía, un viejo árbol deshojado, carcomido, inexpresivo, muestra sus ramas desnudas, podridas, inexpresivas, custodiando el vetusto tren humeante que espera y espera cargado de viajeros de caras blancas, inexpresivas, mientras el triste jefe de estación, de cara blanca, inexpresiva, sigue jugando a ese parchís incoloro, inexpresivo, sin saber siquiera que ese tren jamás saldrá hacia ninguna parte, sin saber que su bandera roja la porta un hombre, que trepado sobre ese viejo árbol carcomido, inexpresivo, contempla compungido este paisaje gris, inexpresivo, tiritando, empapado por la lluvia de gotas iguales, inexpresivas, agitando su pequeña bandera arrebatada mientras una lágrima resbala por su mejilla cuarteada en este día gris, uniforme, inexpresivo.

 

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Las cigueñas

De María José Balfagó

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Como todos los años por las mismas fechas, el campanario de la iglesia del pueblo se convierte en aposento de un grupo de cigüeñas.

Pablo, todas las tardes, cogido de la mano de su abuelo, pasea por la avenida que, desde la plaza mayor, emerge, recta hacia la iglesia de la Asunción; una avenida engalanada de azulejos en el suelo, que recuerdan la actividad industrial del pueblo. A cada lado de la parte central, una hilera de acacias de flores amarillas y, de vez en cuando, un banco invita a sentarse para que el paseo no se haga tan pesado. Abuelo y nieto van charlando, el anciano le cuenta viejas batallas que hacen feliz a Pablo que a su vez relata sus pequeñas cosas pero que le hacen sentir importante.

Al llegar frente a la iglesia, los dos observan con atención el nido de las cigüeñas y Pablo le cuenta al abuelo que mamá le ha dicho que el hermanito que pide, algún día lo traerá una cigüeña.

El hombre, con paciencia de abuelo, le explica que para traer un hermanito la mamá se pondrá malita, se irá al hospital y volverá  a casa con el hermanito. No muy convencido, Pablo se queda con la explicación de su abuelo pero es que…, la palabra de una madre…

Una tarde al volver del paseo, su mamá no está en casa y su papá le cuenta que se ha puesto malita y la han llevado al hospital. Pablo no cabe de contento. ¡El hermanito!¡El hermanito! Ya visualiza a su madre entrando con Javi en brazos, porque así ha pensado llamarle pues es el nombre de su mejor amigo.

Los días pasan y la mamá de Pablo no regresa a casa. Todos los días mira a las cigüeñas como preguntándoles si sabían algo de su hermanito. Un día el papá de pablo con voz muy triste le dice que mamá no va a volver, que se ha ido al cielo. Ese día durante el paseo mira el campanario y se da cuenta que las cigüeñas no están, a lo lejos, las ve volar hacia el cielo.

Desde entonces a pablo no le gustan las cigüeñas porque esta vez no han traído ningún niño, se han llevado a su mamá.

Doña Enriqueta

De Maifa Rieseberg

10900013_353403261509658_1911744338978312770_o Había buscado, estos últimos días, la posibilidad de asociar un rostro y un cuerpo a esta aparición fugaz de la ventana de enfrente y darle vida dentro de ella, pero el lunes las persianas están bajadas, incluso esta mañana el cartero se paró delante del número sesenta y seis, miró los postigos, meneó la cabeza, suspiró y siguió su camino, cabizbajo.

Su jornada de trabajo concluida, Doña Enriqueta vuelve a casa con el cuerpo dolorido y el alma volátil. Se imagina aventuras extraordinarias mientras sueña que él la invita a un café, le coge la mano, se pierde en sus ojos…soñando, termina por encontrarse de narices con su puerta. Hurga en el bolso y saca las llaves con dificultad, aún muy lejos de la realidad. Una mirada furtiva hacia atrás, las persianas siguen cerradas. Doña Enriqueta se sienta en su sillón preferido, intenta planificar lo que queda de tarde, pero sus pensamientos están prendidos de este desconocido intuido en la ventana de enfrente y que se ha convertido en un agujero negro que le sorbe la vida, que obsesiona su alma, que maltrata su corazón. El gato se instala sobre sus rodillas y ronronea como contrapunto de su obsesión. Se siente ridícula en medio de su salón, elucubrando romanticismos a su edad. Así es ella: se monta películas mucho antes de que sucedan las cosas y, al final, todo resulta una fantasía. Pasan las horas y ella vigila, pero las persianas siguen bajadas, sin una rendija de luz.

De madrugada, Doña Enriqueta se despierta mojada de lujuria, sofocada y algo agitada. El gato la mira con desaprobación. En la casa de enfrente ve la sombra de un cuerpo de vértigo-o eso se imagina- un cuerpo suave, cálido, con abrazos lascivos, besos líquidos recorriendo su cuello.

En el baño se recompone y, como todos los días, Doña Enriqueta sale de casa la mirada puesta en el número sesenta y seis, las persianas siguen bajadas, y el jardín es una selva. Sentada en el autobús, sueña con los calores de madrugada por un cuerpo soñado.