El señor. Felisa Bisbal

la virgulilla - felisa bisbal - relatos

El señor amaneció extrañamente rejuvenecido, hasta para su viejo mayordomo, que lo conocía desde antes de nacer.

Entre los dos sumaban más de ciento cincuenta años, los mismos que el viejo caserío en el que vivían.

Todo era vetusto y ajado a su alrededor, los muebles pertenecieron a los antiguos señores, padres del actual señor, en esa casa no se había cambiado nada, nunca.

La tierra, tan vieja como ellos, hacía tiempo que ya no daba fruto, todo era polvo, polvo blanco y viento, que sonaba como un lamento del infierno en las noches de invierno. Ocupaba su tiempo en la lectura de los polvorientos clásicos de la literatura universal. No cruzó nunca los límites de su propiedad, aunque era amigo de recibir visitas y conversar compartiendo una copa del buen vino de su propia cosecha.

Los amigos perecieron uno tras otro víctimas de la edad, la reserva de tintos se acabó consumiendo, los alimentos se reducían a unas tristes patatas con zanahoria cuando se quedaban sin suministro de carne.

La tristeza se acopló al señor del lugar como una losa funeraria a la sepultura. Nadie para departir, solo su viejo mayordomo leal hasta la muerte pero de parca conversación. Hacía años que alguna señorita de la zona, pasaba una tarde junto a él y sólo el sirviente sabía que le costaba diez euros convencer a las más marginadas de la sociedad, prostitutas, mendigas, drogadictas, a visitar a su señor fingiendo interés y amistad.

Ese día, el señor se sentía fuerte, tras la visita tan hermosa del día anterior y el mayordomo le guisó un magnífico caldo de esa carne tan sabrosa que conservaba en el enorme congelador.

—Trabajas demasiado y me cuidas como un verdadero padre—. Saboreaba con auténtico frenesí la sabrosa comida.

Cuando cubrió las piernas de su señor para que durmiera la siesta cómodamente, salió, arrastrando los huesos de la última visita hasta el viejo molino y molió y molió hasta convertir el esqueleto de la joven pordiosera en ese polvo blanco que todo lo cubría.

—Lo que sea por usted, señor, lo que sea.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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